Ceniza
Con un aire frío que calaba hasta los huesos desperté. El cartón de una enorme televisión que había colocado para parar el viento se había hundido tras el rocío intenso de la mañana, dejándome ver miles de pies pasar por la acera, como una caravana de coches en una carretera costera en verano. Apuré los restos de tres latas de refresco que había reunido la noche anterior.
A los buenos días - me saludaba el barrendero que cada mañana pasaba a hacer su ronda, y aprovechaba mi efímera compañía para desahogarse de las broncas que tenía por lo visto a diario con su joven novia.
Mis piernas me llevaron como cada mañana a un comedor dos calles mas abajo que abría a las 9 en punto, donde me reunía con la tristeza de las calles amontonada contra un mostrador, donde una mujer que miraba sin verte, servía mendrugos de pan duros como la vida misma y un trozo de embutido sin determinar envuelto en las páginas interiores de un conocido periódico de meses atrás.
Nos sentábamos en la mesa del rincón, donde hacía menos frío y había que responder a menos preguntas, a disfrutar de nuestro pequeño banquete. Enseguida noté la ausencia de Aurora, una escritora sin éxito y sueños rotos en estos tiempos modernos, y que había encontrado en la calle Mozart su improvisado y obligado hogar.
A la salida del comedor nos cruzamos con un hombre de pelo blanco y alborotado que entraba, y cuya cara había aparecido días atrás acompañado de la escritora, con lo que no dudé en preguntar extrañado por su ausencia.
No ha despertado de esta fría noche. Murió rodeada de sus libros que había ordenado en una esquina e inventando historias que decía iba a escribir para ser una escritora de éxito, y ver su nombre en relieve impreso en mil ejemplares copando por completo los escaparates de todas las librerías.
El dolor y la pérdida empezaban a ser cotidianas, aquel invierno cruel no daba tregua ni perdón, y mandaba a donde solo van los héroes cada día a mas caras conocidas.
Viendo mi triste reflejo en las aguas de un estanque de un parque cercano aquella tarde, decidí que mañana el frío me llevaría a mí, y que no quería conservar para siempre la desdicha de no haber vuelto a aquel lugar. Recogí mis cartones, un par de mantas aún mojadas y utensilios que me había ido fabricando, y se los dejé a un compañero de mesa del comedor que conocí hace ya algunos meses. Ya no pensaba volver más.
Bajo un cielo que parecía se fuese a desplomar en cualquier momento, caminé con la poca luz que se filtraba entre los edificios, dibujando sombras amenazantes de que la noche estaba al caer. Tras tres o cuatro manzanas, por las que floté mas que anduve, llegué al pié de la colina donde quedaron todos mis sueños.
La fachada, medio derrumbada por el paso del tiempo, pintada de grafitis y teñida de tizne, dejaba ver en su interior los restos calcinados de un hogar roto por el fuego, cubierto por dos vigas que aún quedaban en pié y una gran lámpara de ocho brazos pendiendo de una de ellas. Hundí mis pies descalzos en la ceniza, buscando algo guiado por la soledad, la pérdida y el amor, levantando restos de muebles carbonizados sin orden aparente. Y allí, bajo un pedazo de madera que en su día fue una puerta, lo encontré.
Un pequeño baúl, superviviente de la quema, que no tardé en abrir rompiendo el candado con un pedazo de roca cercana, encerraba en su interior pulcramente ordenado un antiguo vestido de boda, un chupete que casi se desmenuzaba entre las manos y un marco plateado que acogía la fotografía en blanco y negro de una bella mujer, de rostro suave y pelo enroscado, un niño de tres años despierto y apariencia traviesa, y un hombre con la felicidad brotando de sus ojos. Mi retrato, mi familia, mis sueños
Y hundido en la ceniza, abrazado la fotografía y gritando al cielo, morí llorando de dolor.

