Tren
Una noche cualquiera en que la lluvia vació las calles y las dejó reflejando los edificios proyectando cientos de pequeñas luces, voy haciendo mi ronda de trabajo. Avanzo por una solitaria calle de las afueras, que lleva, de forma paralela a las antiguas vías del tren, a un barrio que quedó abandonado tras el cierre de la fábrica que mantenía a aquellas familias, dejándolo todo congelado en el tiempo.
Paro la furgoneta y bajo la intensa lluvia comienzo a ordenar varios muebles que alguien ya no quería. Una madera, otra madera con cristales y flores grabadas que formaría parte de un gran mueble de algún salón, otra madera, y en un descanso de la lluvia, cuando se queda todo en silencio por un instante, es cuando escucho un niño pequeño llorar. Con la madera en las manos y la mirada clavada en las antiguas vías del tren, el llanto se hace más fuerte y de forma clara y nítida, como quien lo hace al oído, una mujer grita desgarrando su garganta de dolor, y mis brazos se engarrotan, dejando caer la madera. El pasto seco cruje y algo se mueve en la oscuridad, alguien que no había visto hasta ahora.
Un hombre abandonado, con espesa barba blanca arropado con viejos trapos hechos jirones, me mira fijamente entre las sombras, y se lleva el dedo índice a los labios en señal de silencio. No tenía pensado hablar precisamente, y mis piernas hacía ya un momento que dejaron de tener capacidad de echar a correr.
- ¿Lo has escuchado hijo? ¿Has escuchado a un niño llorar y una mujer gritando suplicando por sus vidas?
Afirmo con la cabeza como un títere.
- Era mi familia, la familia que aquel tren arroyó y se llevó consigo. ¿tú me los vas a devolver?
Mientras avanza andando hacia mí, volví a notar las piernas y corrí a la furgoneta. El hombre seguía avanzando, como quien flotan en el aire, hasta que el contenedor de basura quedó entre él y yo y ya no era capaz de verlo. Esperé unos segundos que fueron eternos esperando que volviera a aparecer, para calcular en qué dirección escapar, pero pisé el acelerador con fuerza sin esperar más intentado dejar aquella escena de una vez.
Varias calles después empecé a recobrar el aliento y decidí que volver a trabajar como si nada hubiera pasado era lo mejor. Comenzaba a llover de nuevo y otro contenedor me esperaba, me bajo mirando a un lado y a otro, escrutando cada oscuro rincón. Vuelvo a la furgoneta, respiro hondo y esbozo una sonrisa por lo ocurrido, falsa tranquilidad. Fue entonces cuando el hombre de espesa barba golpeó con las manos el cristal y los ojos bañados en lágrimas gritando:
- ¡Tú me los vas a devolver! ¡Prométemelo, prométemelo!
Cada vez golpeaba el cristal con más y más fuerza. Tapé mis oídos con las manos y apreté los ojos con fuerza deseando que desapareciera, la furgoneta se balanceaba a un lado y a otro por los golpes y escuché cristales rotos y aquel niño llorar en el asiento de atrás.
No sé como salí de allí, sólo sé que una vez en casa, aún me tiemblan las manos al escribir esto.