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Una tarde

Una tarde sales, recorres miles de kilómetros y no sucede nada, pasas por miles de calles, bajo mil farolas y cruzando la mirada con cientos de personas, pero no pasa nada. Otra tarde sales un rato a tomar el aire o a comprar el pan, y en la panadería te encuentras con que está trabajando una antigua amiga a la que no veías hace mil años, y te cuenta que se fue a vivir con su pareja hace mucho, y que todo salió mal y ahora ha vuelto a casa de sus padres. Y te sumerges en esa historia dentro de una panadería. Y al recoger el coche del aparcamiento, en el coche de al lado, una niña de cinco años te hace morisquetas espachurrando su cara contra el cristal, dejando el vaho a cada aliento, y tu le devuelves la morisqueta, y te sonríe deslumbrándote con la luz de las mil farolas. Y vuelves con una sonrisa tonta a casa pensando que a veces pasamos por alto miles de pequeñas cosas.

Es todas esas cosas

El amor es ver como cada noche cierras los ojos, encender unas velas, dejar una nota en el espejo o el coche, preguntar que quieres de cenar. El amor es almorzar en la terraza contemplando el mundo a nuestros pies, que duermas apoyada en mi hombro, echar un vaso de zumo cada mañana. El amor es mirarnos sin tener que decir nada entre mil personas, pensar en ti en una noche solitaria bajo la lluvia, preparar un baño de agua caliente, hacernos un regalo. El amor es perdernos un domingo. Comprar muebles y dormir en el suelo a la luz de dos lámparas, colgar un cuadro. Es ver atardecer tumbados en la playa bajo una toalla, pasar una tarde viéndote trabajar, oír nuestra canción juntos. El amor es enredar mis dedos en tu pelo, hacer la compra, besarnos hasta que se pare el tiempo…

Mar de petróleo

Ya lo he visto muchas veces. Años bajo el cobijo y amparo del amor, quizás del engaño y las falsas apariencias, donde todo fluía y sucedía casi sin presencia del tiempo, en un mundo de pétalos de flor y puestas de sol. Donde todo es bonito y todo brilla. Y de repente, como el zarpazo de una bestia de cara humana, se encuentra como un naúfrago bajo una tempestad, perdido en un laberinto de espejos y hundido en un mar de petróleo, intentado nadar contra corriente para volver a un mundo al que siente ya no pertenece. Ya lo he visto muchas veces.

Tomates (continuación)

Nunca lo había contado antes creo, pero desde mi ventana, entre dos edificios, veo a lo lejos el patio de un vecino. Es un hombre muy mayor, con el tiempo tatuado en su cuerpo, con un pequeño jardincito de no más de cuatro pasos, rodeado de un muro que hace siglos no se pinta y que se cae a pedacitos. Se sienta en una roída silla de madera y mimbre presidiendo el patio igual que el que preside el convite de su hija el día de su boda, y ve pasar las horas una tras otra esperando a que algo ocurra, o que no ocurra nada.

Tiene sembradas unas pequeñas flores amarillas, que al caer la tarde, brillan más que toda la ciudad, una dama de noche acurrucada en una esquina y cuatro lustrosas matas de tomates que levantan el apetito a todas horas. Es la envidia del barrio.

Una mañana de abril que llovían cuatro gotas, me lo encontré en la frutería comprando tomates.

-¿Nueva siembra?

- Que va muchacho, nunca como los tomates de mi jardín. Son lo único que me dejó mi esposa antes de irse. Guardó unas semillas en una servilleta de papel y le prometí las sembraría en su recuerdo, y que el rojo de su color me recordase al de sus mejillas tras un paseo por la orilla de la playa cogidos de la mano.

No pregunté, dicen que la curiosidad mató al gato. Algunos días después, unos hombres decidieron que el jardín era demasiado bonito o los tomates demasiado ricos, y saltaron el muro del pequeño jardín rompiendo todo cuanto encontraron a su paso, llevándose los tomates de este señor.

No volví a ver a aquel hombre al que veía día tras día. Y las flores comenzaron a marchitarse, posando miles de pétalos muertos sobre el suelo, el jardín se tornó gris, la silla de madera se derrumbaba ahora consumida por el tiempo, el resto de pintura de las paredes se desprendía y retorcía como queriendo huir, y todo enfrascaba un intenso olor a soledad y abandono, un lugar perdido en ninguna parte y en ningún tiempo, anclado para siempre en el olvido.  Bastantes meses después hombres bien uniformados visitaron la casa, y precintaron la puerta, y en el precinto indicaba que derrumbarían la casa en la siguiente primavera, cosa que nunca llegó a ocurrir.

Y día tras día, por mi ventana, entre dos edicicios, y a lo lejos, me parece ver como aquel anciano hombre pasea su amor con su anciana mujer por el jardín.

La importancia de abrir o no abrir una puerta

Esta tarde han llamado al timbre de la puerta. La mirilla me desvela un hombre mayor de pelo canoso, cara bondadosa y portafolios en mano. Como hoy estoy de buen humor abro la puerta.

Esta historia comenzaría con una llamada desde el telefonillo del bloque que da a la calle. -Din dong - ¿Quién es? - Me abre por favor… - Vale. Ya está hecho el daño, ya no hay marcha atrás, todo esta perdido. Este hombre ha entrado en el nido, en el enjambre, 5 plantas de 4 pisos cada una con sus respectivos timbres de puerta a los que llamar. Una persona nueva tras cada puerta y el mismo rollo a soltar. Siento decir que es un rollo, pero lo es.

Sigo por donde iba. Abro la puerta. - Hola que tal. - Hola buenas tardes, vengo a hablarle de la familia, es muy importante, parece que usted vive sólo……..en este librito vienen 7 pasos a seguir………..se lo dejo y otro día pasamos a por el y me cuenta que opina ………….. (los puntos suspensivos son porque no recuerdo que ha dicho)

Podría haber llegados a este nivel pegado un portazo que sonara en todo el bloque, y posiblemente en el de al lado, y que desmintiera la puerta de la pared y se quedara medio colgando, y me hubiera traído el pomo de la puerta al hacerlo: Pero no, he aguantado diez minutos, diez, de pié en la puerta el piso mirando de reojo como una cervecita fresquita me esperaba impaciente encima de la mesa del salón, junto a un sofá donde tirarse a olvidar el tiempo. He tenido paciencia. Me ha dado el librito y se ha marchado.

Pero lo mejor viene ahora. Después de irse, me he quedado en la puerta, y me he pasado un buen rato escuchando como iba llamando con calma pero sin pausa, timbre a timbre de cada puerta, planta tras planta. Como el goteo del grifo en plena noche que no te deja dormir.

Magos

Queridos Reyes Magos,

este año he sido muy buena y me he portado muy bien, y como el año pasado pido para mí y para mi hermano:

- La cocinita nueva que trae también los platitos y los vasitos, para jugar con mis amigas.

- El juego Quién es Quién, que mi primo lo tiene y me gusta mucho.

- Unos patines en línea rosas, como los de Leti.

Y para mi hermano… quiero que lo traigáis de vuelta del cielo, que lo echo muchísimo de menos.

Mudanza

Aquella tarde volvimos a correr a través de aquel prado salpicado de amapolas, saltamos un vallado hecho de estacas y comimos moras subidos a un árbol. Más tarde sentado en el césped de un parque, observaba como ella se balanceaba en aquel columpio, sus pies y su pelo quedaban ingrávidos por un instante al llegar a lo más alto, y mi mente hizo aquella foto que nunca he sido capaz de borrar, sabía que era la última vez que nos veríamos.

Esa misma noche, viajaba en la parte trasera del coche de mis padres, con nuestra vida en el maletero y un incierto futuro mejor en la cabeza. Echado hacia atrás sobre el asiento observaba el conmovedor movimiento de las estrellas a través del cristal trasero, y como la luna se mecía a un lado y a otro al tomar cada curva. Me despedí de mi vida en aquel momento.

Quince años más tarde aquí estoy, traído casi a la fuerza en el centro de una oscura discoteca, rodeado de personas que no conozco o no parezco conocer. La música suena, la gente baila, y me veo como un inmóvil muñeco de trapo, este no es mi lugar. […]

Tren

Una noche cualquiera en que la lluvia vació las calles y las dejó reflejando los edificios proyectando cientos de pequeñas luces, voy haciendo mi ronda de trabajo. Avanzo por una solitaria calle de las afueras, que lleva, de forma paralela a las antiguas vías del tren, a un barrio que quedó abandonado tras el cierre de la fábrica que mantenía a aquellas familias, dejándolo todo congelado en el tiempo.

Paro la furgoneta y bajo la intensa lluvia comienzo a ordenar varios muebles que alguien ya no quería. Una madera, otra madera con cristales y flores grabadas que formaría parte de un gran mueble de algún salón, otra madera, y en un descanso de la lluvia, cuando se queda todo en silencio por un instante, es cuando escucho un niño pequeño llorar. Con la madera en las manos y la mirada clavada en las antiguas vías del tren, el llanto se hace más fuerte y de forma clara y nítida, como quien lo hace al oído, una mujer grita desgarrando su garganta de dolor, y mis brazos se engarrotan, dejando caer la madera. El pasto seco cruje y algo se mueve en la oscuridad, alguien que no había visto hasta ahora.

Un hombre abandonado, con espesa barba blanca arropado con viejos trapos hechos jirones, me mira fijamente entre las sombras, y se lleva el dedo índice a los labios en señal de silencio. No tenía pensado hablar precisamente, y mis piernas hacía ya un momento que dejaron de tener capacidad de echar a correr.

- ¿Lo has escuchado hijo? ¿Has escuchado a un niño llorar y una mujer gritando suplicando por sus vidas?

Afirmo con la cabeza como un títere.

- Era mi familia, la familia que aquel tren arroyó y se llevó consigo. ¿tú me los vas a devolver?

Mientras avanza andando hacia mí, volví a notar las piernas y corrí a la furgoneta. El hombre seguía avanzando, como quien flotan en el aire, hasta que el contenedor de basura quedó entre él y yo y ya no era capaz de verlo. Esperé unos segundos que fueron eternos esperando que volviera a aparecer, para calcular en qué dirección escapar, pero pisé el acelerador con fuerza sin esperar más intentado dejar aquella escena de una vez.

Varias calles después empecé a recobrar el aliento y decidí que volver a trabajar como si nada hubiera pasado era lo mejor. Comenzaba a llover de nuevo y otro contenedor me esperaba, me bajo mirando a un lado y a otro, escrutando cada oscuro rincón. Vuelvo a la furgoneta, respiro hondo y esbozo una sonrisa por lo ocurrido, falsa tranquilidad. Fue entonces cuando el hombre de espesa barba golpeó con las manos el cristal y los ojos bañados en lágrimas gritando:

- ¡Tú me los vas a devolver! ¡Prométemelo, prométemelo!

Cada vez golpeaba el cristal con más y más fuerza. Tapé mis oídos con las manos y apreté los ojos con fuerza deseando que desapareciera, la furgoneta se balanceaba a un lado y a otro por los golpes y escuché cristales rotos y aquel niño llorar en el asiento de atrás.

No sé como salí de allí, sólo sé que una vez en casa, aún me tiemblan las manos al escribir esto.

Lanzarse al vacío

Como cada mañana me siento al fondo de la clase, con los habituales cinco minutos de retraso y la falta de aliento tras la carrera por la escalera. Voy sacando folios sin orden alguno de la maleta con el bolígrafo en la boca mientras te busco con los ojos aún dormidos por toda la clase. Reconocería tu pelo y tu forma de inclinar la cabeza en un concierto de miles de personas, y muchas mañanas es lo único que logro ver. Cuando suena el timbre todo son prisas, empujones, caos. Intento salir rápido para poder verte aunque sea sólo un segundo, algunas veces ya te has ido, otras estás allí inundando el pasillo con tu sonrisa, charlando con tus amigas. Te observo apoyado en el marco de la puerta.

Una mañana llegué a clase y quedaban muchos asientos vacíos, un chófer nuevo del autobús que se había confundido de camino y el destino hicieron que me sentase en la banca detrás de la tuya. Aquel día, aquel inolvidable día, me pasaste la lista de clase, nos tocamos las manos y cruzamos una mirada. Viajé por el espacio observando como el sol bañaba con su tenue luz a miles de pequeños planetas, flotando y perdido en el infinito en un mágico instante, luego te diste la vuelta.

No sé como mi grupo de amigos y tu grupo de amigos llegó a ser el mismo. Nos sentábamos en los descansos en círculo como en un campamento de verano, y reíamos despreocupados hasta que el maldito tiempo nos devolvía a clase. Recuerdo las primeras frases que cruzamos, yo estaba perdido en lo más profundo de tus ojos  y balbuceé algo incomprensible para el oído humano y carente de sentido para nuestro lenguaje. Tu reías, yo lloraba. Mis amigos se burlaban, tus amigas no tardaron en darse cuenta y me animaban a contarte que pasaba. Me sentía como ese bicho que se estrella contra la luna del coche en la autopista.

Una mañana de viernes en la que cientos de flores de los manzanos se mecían en el aire, el último día de curso nos separó para siempre, y tu tren se alejaba de la estación dejándome a su paso por los raíles una triste canción de despedida.

Desde entonces sueño despierto una y otra vez que en uno de aquellos descansos me sentaba junto a ti, y sin miedo ni conciencia, temblores ni balbuceos, te contaba todo y me lanzaba al vacío desde el edificio más alto de esta vacía ciudad.

Tiempo

Desde mi ventana puedo ver pasar el tiempo, pero no necesito contemplar como giran las crueles manecillas del reloj, ni observar como caen las hojas en otoño con las que el viento forma espirales imposibles que ascienden al cielo, ni ver como cada mañana amanece todo helado como un rocío perenne, dejando miles de lágrimas de cristal en cada cornisa. No necesito ver como el sol sale cada mañana dejando mil destellos entre los árboles, como los perros lloran cada noche, ni contar el número de mañanas que podría haber pasado a tu lado esperando que tus ojos se abrieran para que me deslumbraras con ellos, o contar el número de velas que nuestro hijo hubiera apagado en cada cumpleaños. No quiero saber cuanto tiempo hace os fuisteis de mi lado.

Escondite

Internet es el alter ego del mundo real, un lugar creado para escapar o para suplir las carencias o limitaciones de lo que no podemos hacer en nuestras vidas. Dicen que la gente con menos vida social son las que pasan más horas conectadas, relacionándose bajo un seudónimo o en el anonimato, usando un lenguaje que no son capaces de usar normalmente. ¿Habrá gente que pase aquí tanto tiempo que desconecte totalmente del mundo real y no sea capaz de volver a el?

He visto verdadera angustia cuando me traen un equipo averiado por no poder conectarse a Internet. Se ha convertido en un sitio al que hay que acudir a diario para mucha gente, más de la que pensaba, y más de la que debería quizás. Hay entendidos que hablan de adicción, de ciberdependencia.

Y cierto es que a veces viene uno aquí buscando calma, y algunos todo lo contrario, leyendo a gente que habla de cosas que a uno le gusta escuchar, aunque a veces solo se encuentra a máquinas tecleando al otro lado siempre hablando de lo mismo. O gente que solo critica todo cuanto ve y cuanto oye, o auténticos líderes políticos cibernéticos que son seguidos a pies juntillas por aquellos que van donde sopla el viento. Y no se que esperamos de todo esto. Internet no existe, son las personas que vienen aquí a escapar las que se encuentran con otros que vienen también escapando.

Igual que algún día se acabará el agua o el petróleo, algún día se acabará la electricidad, o el silicio para fabricar procesadores, y entonces volveremos a la época analógica, donde tendremos que aguantarnos unos a otros y volver a vernos las caras. Y miles de cosas dejarán de hacerse, o quizás todas a la vez, todo lo que esté conectado al cable de este escondite no será nada, y todo quedará en el olvido, todas las palabras, pensamientos y liberaciones de la gente se perderán para siempre, y la gente que vive en Internet dejará de vivir, quedarán como robots sin batería sentados en un escritorio a la luz de un monitor en una oscura habitación.

Pero mientras aquí seguimos, escribiendo algo que dejar para siempre una vez nos vayamos, y alguien lea en otro rincón del mundo a la luz de un monitor quien sabe cuando. Es como encontrarse una cinta de cassette grabada diez años atrás con una pegatina en la que se lee “Para mi amor” en el rincón de un cajón que no es el tuyo y escucharla cerrando los ojos a dos palmos del suelo.

Cabeza rodante

Hoy volviendo de la facultad en coche no me he aburrido por el camino. Venía por la autovía detrás de un camión de estos que parecen sacados de la chatarra, con el paso de lo años marcados por cada centímetro cuadrado, y regando las calles con parte de la carga que llevan.

El tramo por el que pasábamos están asfaltándolo, que la verdad falta le hacía, y había varios trabajadores vestidos de amarillo allí en sus cosas, marcando los carriles con conitos naranjas alineándolos como una fila de hormigas. Un poco más adelante, se veía a lo lejos otro trabajador de amarillo, de pié en una especie de taburete al filo de la carretera, con una bandera roja en la mano, señalando -me imagino- que había que arrimarse al carril izquierdo.

El camión de delante no parecía fuese a reducir mucho el ritmo de la marcha, levantando el polvo de la cuneta y haciendo que los matojos se retorcieran en el viento. Al pasar junto al trabajador de amarillo, se estremeció como una amapola en un día de levante, con tal fuerza que su cabeza se separó del cuerpo en un instante, trazó una parábola imposible y aterrizó rodando por la carretera como una sandía. No reaccioné, sólo giré y giré para no pasar por encima de aquella cabeza recién cortada a merced de la suerte, y terminé parándome metros más allá.

Por el espejo veía que la cabeza seguía rodando, pasando entre las ruedas de los coches que venían, que giraban como si estuvieran bailando a un lado y a otro, y seguían su camino llevándose la duda o el susto de que habían visto.

Otro trabajador de amarillo venía corriendo por el arcén gritando algo que no alcanzaba oír hasta que llegó: - ¡¡¡ Joder, es la tercera vez hoy!!!. Esto…¿qué?

Recoge el hombre la cabeza que había quedado varada en el arcén, y se acerca a mí mostrándola en alto como un trofeo:

- ¡Es la tercera vez hoy que se le cae la cabeza al muñeco al pasar un camión!

Señores trabajadores de amarillo, amarren, cosan y peguen bien las cabezas de sus muñecos. Ver una cabeza rodar asusta.

Ceniza

Con un aire frío que calaba hasta los huesos desperté. El cartón de una enorme televisión que había colocado para parar el viento se había hundido tras el rocío intenso de la mañana, dejándome ver miles de pies pasar por la acera, como una caravana de coches en una carretera costera en verano. Apuré los restos de tres latas de refresco que había reunido la noche anterior.

A los buenos días - me saludaba el barrendero que cada mañana pasaba a hacer su ronda, y aprovechaba mi efímera compañía para desahogarse de las broncas que tenía por lo visto a diario con su joven novia.

Mis piernas me llevaron como cada mañana a un comedor dos calles mas abajo que abría a las 9 en punto, donde me reunía con la tristeza de las calles amontonada contra un mostrador, donde una mujer que miraba sin verte, servía mendrugos de pan duros como la vida misma y un trozo de embutido sin determinar envuelto en las páginas interiores de un conocido periódico de meses atrás.

Nos sentábamos en la mesa del rincón, donde hacía menos frío y había que responder a menos preguntas, a disfrutar de nuestro pequeño banquete. Enseguida noté la ausencia de Aurora, una escritora sin éxito y sueños rotos en estos tiempos modernos, y que había encontrado en la calle Mozart su improvisado y obligado hogar.

A la salida del comedor nos cruzamos con un hombre de pelo blanco y alborotado que entraba, y cuya cara había aparecido días atrás acompañado de la escritora, con lo que no dudé en preguntar extrañado por su ausencia.

No ha despertado de esta fría noche. Murió rodeada de sus libros que había ordenado en una esquina e inventando historias que decía iba a escribir para ser una escritora de éxito, y ver su nombre en relieve impreso en mil ejemplares copando por completo los escaparates de todas las librerías.

El dolor y la pérdida empezaban a ser cotidianas, aquel invierno cruel no daba tregua ni perdón, y mandaba a donde solo van los héroes cada día a mas caras conocidas.

Viendo mi triste reflejo en las aguas de un estanque de un parque cercano aquella tarde, decidí que mañana el frío me llevaría a mí, y que no quería conservar para siempre la desdicha de no haber vuelto a aquel lugar. Recogí mis cartones, un par de mantas aún mojadas y utensilios que me había ido fabricando, y se los dejé a un compañero de mesa del comedor que conocí hace ya algunos meses. Ya no pensaba volver más.

Bajo un cielo que parecía se fuese a desplomar en cualquier momento, caminé con la poca luz que se filtraba entre los edificios, dibujando sombras amenazantes de que la noche estaba al caer. Tras tres o cuatro manzanas, por las que floté mas que anduve, llegué al pié de la colina donde quedaron todos mis sueños.

La fachada, medio derrumbada por el paso del tiempo, pintada de grafitis y teñida de tizne, dejaba ver en su interior los restos calcinados de un hogar roto por el fuego, cubierto por dos vigas que aún quedaban en pié y una gran lámpara de ocho brazos pendiendo de una de ellas. Hundí mis pies descalzos en la ceniza, buscando algo guiado por la soledad, la pérdida y el amor, levantando restos de muebles carbonizados sin orden aparente. Y allí, bajo un pedazo de madera que en su día fue una puerta, lo encontré.

Un pequeño baúl, superviviente de la quema, que no tardé en abrir rompiendo el candado con un pedazo de roca cercana, encerraba en su interior pulcramente ordenado un antiguo vestido de boda, un chupete que casi se desmenuzaba entre las manos y un marco plateado que acogía la fotografía en blanco y negro de una bella mujer, de rostro suave y pelo enroscado, un niño de tres años despierto y apariencia traviesa, y un hombre con la felicidad brotando de sus ojos. Mi retrato, mi familia, mis sueños

Y hundido en la ceniza, abrazado la fotografía y gritando al cielo, morí llorando de dolor.

Ruido

Entre el anuncio treinta y tres del detergente y el treinta y cuatro de un fantástico tono para el móvil pude escucharlo. Un sonido entraba por la ventana y retumbaba al rebotar contra las paredes de la habitación. Al principio no le presté mucha atención, pero a esas horas ya no era habitual tanto escándalo en aquella zona. Me asomé a la ventana en un vago intento de averiguar de donde venía, pero la calle desierta no despejaba mis dudas.

Me encajé las primeras zapatillas que encontré, aunque en principio fue una, la otra estaba medio debajo del sofá para variar, y bajé al estilo CSI a averiguar la procedencia del sonido que ya empezaba a asustar, mi mente macabra comenzaba a fabricar imágenes extrañas intentando dar explicación, y quería resolver cuanto antes el enigma. Fui dos casas más abajo a ver si a Marco se le ocurría algo, que siempre tiene salida para todo. Al llamarlo sale ataviado con una bata que dejaba ver unos calzoncillos de Micky Mouse, que me dejaron traumatizado un par de segundos antes de poder preguntarle si había escuchado el sonido.

Los dos en silencio en la puerta de la casa intentábamos hacer conjeturas sobre quien o que podía hacer ese ruido, que se hacía ahora mucho más fuerte que en mi casa, como si un gran mono gigante fuese tumbando edificios de veinte pisos de altura, o estuviésemos en pleno campo de batalla y enormes explosiones se sucediesen repetidamente.

Andamos calle abajo y torcimos a la derecha de donde nos parecía se escuchaba más fuerte, pero seguíamos sin dar con nada que nos sacase de una duda que cada vez se hacía más intensa e insoportable.

- Si te fijas se repite a trozos, como si tuviera un mensaje….¿serán extraterrestres que por fin han venido a acabar con nosotros? ¿Te acuerdas de Encuentros en la Tercera Fase?, les iba la música y el ritmo- Las ideas fantásticas de Marco para dar explicación a todo, sabía que iba a pasar.

Andamos y dimos la vuelta a la manzana, donde el sonido ya era atronador, notábamos que el suelo temblaba y los cristales de los escaparates vibraban como las cuerdas vocales de un tenor. Algunas personas más deambulaban por la calle mirando a todas partes como el que ha perdido las llaves, buscando también algo que diera fin a la misma duda que tenían en la cabeza que nosotros.

Y al girar la siguiente esquina, que daba paso a un callejón escondido y adornado con paredes de grafitis dimos con la respuesta. Tres chavales de pié miraban con media cara de asombro y la otra de bobo a un coche negro como un escarabajo pelotero, en el que un muchacho de tímpanos de acero del que solo le asomaba un flequillo por el marco de la puerta, sonreía orgulloso y ajeno al mundo moviendo la cabeza al ritmo de la música que estaba despertando a medio vecindario.

La cena

Bajo una farola de luz fría y tenue apoyado contra la pared se derrumbaba aquel hombre de tez pálida y ojos perdidos, su cara marcada con el paso de los años, o siglos, espesa barba y pelo largo cubriendo sus escuálidos hombros. En la acera había improvisado una cena con restos de basura de un contenedor cercano, un poco de arroz de paella pasado, un vaso arrugado de papel con dos sorbos de vino blanco, fruto de culos de botella apurados, mientras que media ciruela y dos uvas eran el postre. Una servilleta de una gran cadena de comida rápida hacía de mantel, que había extendido con admirable pulcritud, y dos velas apagadas simbolizaban un gran centro de mesa.

Aquel hombre miraba al otro lado del mantel, donde no había nadie, buscando una miraba cómplice, una conversación agradable o un gesto de cariño que lo amarraran a aquel injusto mundo. Se santiguó mirando las estrellas con lágrimas en los ojos y con un hilo de voz dijo:

- Te echo muchísimo de menos.

Premiado con accésit en el I Premio de Microrrelatos “Campus-relato”, organizado por el departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universidad de Cádiz.