Lanzarse al vacío
Como cada mañana me siento al fondo de la clase, con los habituales cinco minutos de retraso y la falta de aliento tras la carrera por la escalera. Voy sacando folios sin orden alguno de la maleta con el bolígrafo en la boca mientras te busco con los ojos aún dormidos por toda la clase. Reconocería tu pelo y tu forma de inclinar la cabeza en un concierto de miles de personas, y muchas mañanas es lo único que logro ver. Cuando suena el timbre todo son prisas, empujones, caos. Intento salir rápido para poder verte aunque sea sólo un segundo, algunas veces ya te has ido, otras estás allí inundando el pasillo con tu sonrisa, charlando con tus amigas. Te observo apoyado en el marco de la puerta.
Una mañana llegué a clase y quedaban muchos asientos vacíos, un chófer nuevo del autobús que se había confundido de camino y el destino hicieron que me sentase en la banca detrás de la tuya. Aquel día, aquel inolvidable día, me pasaste la lista de clase, nos tocamos las manos y cruzamos una mirada. Viajé por el espacio observando como el sol bañaba con su tenue luz a miles de pequeños planetas, flotando y perdido en el infinito en un mágico instante, luego te diste la vuelta.
No sé como mi grupo de amigos y tu grupo de amigos llegó a ser el mismo. Nos sentábamos en los descansos en círculo como en un campamento de verano, y reíamos despreocupados hasta que el maldito tiempo nos devolvía a clase. Recuerdo las primeras frases que cruzamos, yo estaba perdido en lo más profundo de tus ojos y balbuceé algo incomprensible para el oído humano y carente de sentido para nuestro lenguaje. Tu reías, yo lloraba. Mis amigos se burlaban, tus amigas no tardaron en darse cuenta y me animaban a contarte que pasaba. Me sentía como ese bicho que se estrella contra la luna del coche en la autopista.
Una mañana de viernes en la que cientos de flores de los manzanos se mecían en el aire, el último día de curso nos separó para siempre, y tu tren se alejaba de la estación dejándome a su paso por los raíles una triste canción de despedida.
Desde entonces sueño despierto una y otra vez que en uno de aquellos descansos me sentaba junto a ti, y sin miedo ni conciencia, temblores ni balbuceos, te contaba todo y me lanzaba al vacío desde el edificio más alto de esta vacía ciudad.