Cabeza rodante
Hoy volviendo de la facultad en coche no me he aburrido por el camino. Venía por la autovía detrás de un camión de estos que parecen sacados de la chatarra, con el paso de lo años marcados por cada centímetro cuadrado, y regando las calles con parte de la carga que llevan.
El tramo por el que pasábamos están asfaltándolo, que la verdad falta le hacía, y había varios trabajadores vestidos de amarillo allí en sus cosas, marcando los carriles con conitos naranjas alineándolos como una fila de hormigas. Un poco más adelante, se veía a lo lejos otro trabajador de amarillo, de pié en una especie de taburete al filo de la carretera, con una bandera roja en la mano, señalando -me imagino- que había que arrimarse al carril izquierdo.
El camión de delante no parecía fuese a reducir mucho el ritmo de la marcha, levantando el polvo de la cuneta y haciendo que los matojos se retorcieran en el viento. Al pasar junto al trabajador de amarillo, se estremeció como una amapola en un día de levante, con tal fuerza que su cabeza se separó del cuerpo en un instante, trazó una parábola imposible y aterrizó rodando por la carretera como una sandía. No reaccioné, sólo giré y giré para no pasar por encima de aquella cabeza recién cortada a merced de la suerte, y terminé parándome metros más allá.
Por el espejo veía que la cabeza seguía rodando, pasando entre las ruedas de los coches que venían, que giraban como si estuvieran bailando a un lado y a otro, y seguían su camino llevándose la duda o el susto de que habían visto.
Otro trabajador de amarillo venía corriendo por el arcén gritando algo que no alcanzaba oír hasta que llegó: - ¡¡¡ Joder, es la tercera vez hoy!!!. Esto…¿qué?
Recoge el hombre la cabeza que había quedado varada en el arcén, y se acerca a mí mostrándola en alto como un trofeo:
- ¡Es la tercera vez hoy que se le cae la cabeza al muñeco al pasar un camión!
Señores trabajadores de amarillo, amarren, cosan y peguen bien las cabezas de sus muñecos. Ver una cabeza rodar asusta.
