Ruido
Entre el anuncio treinta y tres del detergente y el treinta y cuatro de un fantástico tono para el móvil pude escucharlo. Un sonido entraba por la ventana y retumbaba al rebotar contra las paredes de la habitación. Al principio no le presté mucha atención, pero a esas horas ya no era habitual tanto escándalo en aquella zona. Me asomé a la ventana en un vago intento de averiguar de donde venía, pero la calle desierta no despejaba mis dudas.
Me encajé las primeras zapatillas que encontré, aunque en principio fue una, la otra estaba medio debajo del sofá para variar, y bajé al estilo CSI a averiguar la procedencia del sonido que ya empezaba a asustar, mi mente macabra comenzaba a fabricar imágenes extrañas intentando dar explicación, y quería resolver cuanto antes el enigma. Fui dos casas más abajo a ver si a Marco se le ocurría algo, que siempre tiene salida para todo. Al llamarlo sale ataviado con una bata que dejaba ver unos calzoncillos de Micky Mouse, que me dejaron traumatizado un par de segundos antes de poder preguntarle si había escuchado el sonido.
Los dos en silencio en la puerta de la casa intentábamos hacer conjeturas sobre quien o que podía hacer ese ruido, que se hacía ahora mucho más fuerte que en mi casa, como si un gran mono gigante fuese tumbando edificios de veinte pisos de altura, o estuviésemos en pleno campo de batalla y enormes explosiones se sucediesen repetidamente.
Andamos calle abajo y torcimos a la derecha de donde nos parecía se escuchaba más fuerte, pero seguíamos sin dar con nada que nos sacase de una duda que cada vez se hacía más intensa e insoportable.
- Si te fijas se repite a trozos, como si tuviera un mensaje….¿serán extraterrestres que por fin han venido a acabar con nosotros? ¿Te acuerdas de Encuentros en la Tercera Fase?, les iba la música y el ritmo- Las ideas fantásticas de Marco para dar explicación a todo, sabía que iba a pasar.
Andamos y dimos la vuelta a la manzana, donde el sonido ya era atronador, notábamos que el suelo temblaba y los cristales de los escaparates vibraban como las cuerdas vocales de un tenor. Algunas personas más deambulaban por la calle mirando a todas partes como el que ha perdido las llaves, buscando también algo que diera fin a la misma duda que tenían en la cabeza que nosotros.
Y al girar la siguiente esquina, que daba paso a un callejón escondido y adornado con paredes de grafitis dimos con la respuesta. Tres chavales de pié miraban con media cara de asombro y la otra de bobo a un coche negro como un escarabajo pelotero, en el que un muchacho de tímpanos de acero del que solo le asomaba un flequillo por el marco de la puerta, sonreía orgulloso y ajeno al mundo moviendo la cabeza al ritmo de la música que estaba despertando a medio vecindario.