Tomates
Nunca lo había contado antes creo, pero desde mi ventana, entre dos edificios, veo a lo lejos el patio de un vecino. Es un hombre muy mayor, con el tiempo tatuado en su cuerpo, con un pequeño jardincito de no más de cuatro pasos, rodeado de un muro que hace siglos no se pinta y que se cae a pedacitos. Se sienta en una roída silla de madera y mimbre presidiendo el patio igual que el que preside el convite de su hija el día de su boda, y ve pasar las horas una tras otra esperando a que algo ocurra, o que no ocurra nada.
Tiene sembradas unas pequeñas flores amarillas, que al caer la tarde, brillan más que toda la ciudad, una dama de noche acurrucada en una esquina y cuatro lustrosas matas de tomates que levantan el apetito a todas horas. Es la envidia del barrio.
Una mañana de abril que llovían cuatro gotas, me lo encontré en la frutería comprando tomates.
-¿Nueva siembra?
- Que va muchacho, nunca como los tomates de mi jardín. Son lo único que me dejó mi esposa antes de irse. Guardó unas semillas en una servilleta de papel y le prometí las sembraría en su recuerdo, y que el rojo de su color me recordase al de sus mejillas tras un paseo por la orilla de la playa cogidos de la mano.
No pregunté, dicen que la curiosidad mató al gato. Algunos días después, unos hombres decidieron que el jardín era demasiado bonito o los tomates demasiado ricos, y saltaron el muro del pequeño jardín rompiendo todo cuanto encontraron a su paso, llevándose los tomates de este señor.
[…]
Mi propuesta es… ¿Cómo seguirías la historia? Cualquier cosa que se te ocurra
