El regalo
La vela se consumía y se apagaba su tenue luz. Acabé con su vida de un leve soplido. Todo quedó oscuro, cansado y agotado decidí dormir. Algo no me dejaba. Una insaciable sed pasó por mi boca y con inercia y decisión me levanté de la cama. Mis pues descalzos recorrían el frío y oscuro pasillo.
A ciegas llegué a la cocina. Al abrir la nevera una gran botella de agua cayó al suelo, los pies chapoteaban en ella. Cerré la puerta enfadado por mi torpeza.
Al andar resbalé y caí al suelo, golpeé mi cabeza contra la solería y una gran incisión dejó salir la sangre. Quedé inconsciente por un rato. Cuando me levanté casi no veía, maldita noche estaba pasando. Dolorido y sudando me senté en el suelo.
Si no hubiera sido tan tonto, Agatha estaría allí aún conmigo, pensaba. Su enfado era debido a mi estupidez, y eso era algo que me corroía.
Intenté ponerme de pié y eché mano de aquella madera carcomida en forma de tirador, una enorme astilla hizo trizas mi dedo pulgar, rasgándolo de una punta a otra. Grité con los ojos desorbitados de dolor. Lo saqué con cuidado y empecé a teñir de nuevo el suelo de rojo.
Seguía allí sentado aún más dolorido. Pensé en pasar allí la noche, viendo que era casi imposible que algo malo no me pasara, pero el frío calaba demasiado.
Al cabo de un rato mis piernas entumecidas no podían sostenerme. Arrastrándome llegué al salón, conmigo me traje arrastrada una gran manta, dos macetas y un teléfono, que quedó enganchado a mi pié.
Me incorporé en el sofá y decidí aparentar una tranquilidad que no tenía, aunque sangraba aún por la frente y mi mano quedó prácticamente inutilizada. Encendí aquel maldito televisor que nunca funcionaba e intenté pasar el rato.
¿Qué iban a echar un Sábado por la noche?. De asco en asco fui cambiando de canal hasta apagarla de aburrimiento. Arrojé el mando a la mesa que, botando en el sofá, salió despedido cruzando el espacio que había entre el salón y la ventana rompiéndola. Maldita sea, que pasaba aquella noche tan larga. Ahora entraba el helado frío de la noche por aquella ventana, Ni en el salón iba a estar cómodo.
Me había recuperado algo en el sofá, ahora podía ir a curarme las heridas. Aquel yodo y unas vendas con algodón hicieron maravillas. Estaba claro que no iba a ponerme a arreglar la ventana en ese momento, así que desplacé el sofá y lo pegué a la ventana.
Entonces fue cuando descubrí aquel objeto. Una gran caja de madera, con una gran sábana blanca de seda que lo tapaba por completo. ¿Qué demonio era aquello?.
Desde aquel momento la curiosidad cegó todos mis actos. Aquella caja que escondida detrás del sofá nunca había visto, despertaba un gran interés para mí. Desde luego, no era mía. Quizás era un regalo de Agatha, a ella le gustaba gastarme ese tipo de bromas. Pero ella se había ido de mi vida.
Una pequeña etiqueta se dejaba ver por un costado en la que escrita a mano, con la tinta algo corroida por la lluvia de aquella noche, indicaba mi nombre y dirección. ¡Era para mí!. Que sorpresa, un regalo.
Ya que era mío, deslicé aquella suave sábana y quedó al descubierto. Quedé enmudecido cuando lo ví. Aquella madera de roble oscura componía un ataúd. Un gran ataúd, muy detallado y con mis siglas grabadas en la cara superior. Sería una broma, una estúpida broma que ya no tenía gracia. Quien hubiese mandado aquel ataúd se las vería conmigo.
Me senté en el sofá mirándolo, pensado quién demonios podría haberme enviado tal objeto. Había gente a la que le gustaría verme dentro, sobre todo, siendo un abogado defensor.
Volví a encender el televisor, procurando no pensar en aquello. Por la mañana lo llevaría a la puerta, y llamaría a la compañía de transportes para ver quién lo enviaba y que lo devolvieran de inmediato.
Pero atraía mi atención, mi curiosidad era tal que hizo levantarme y dirigirme al ataúd. Quería ver que había allí dentro, tan sólo faltaba que hubiera alguien.
Dos grandes tiradores dorados más grandes que un puño alojados en uno de sus lados podían hacer que se abriera. Tiré de ellos y la madera pulida tan brillante cedió, dejando que lo hiciera. Todavía no conseguía ver su interior y seguí tirando con fuerza.
Su interior era extrañamente precioso, paños blancos y dibujos dorados componían su interior. Ni yo merecía semejante ataúd.
Debía ser cómodo, pensé como se sentiría el muerto en esa caja metido. Quise probar como era, metí los pies descalzos y luego las piernas. El fondo era mullido y cálido, igual que el nido de un pájaro. Me tumbé con toda delicadeza y desde hacía mucho tiempo no encontraba un lugar tan acogedor.
Pero un muerto no veía nada, así que agarré la tapa y la cerré. Lo hizo con un rotundo sonido seco, como el que cierra una caja fuerte para la posteridad. Todo quedó totalmente oscuro ahora. El sonido de mi respiración se escuchaba amplificado en su interior.
Pensé que era suficiente, y puse las dos manos en la tapa de la caja para abrirlo. Empecé a ejercer presión, ni con todas mis fuerzas se abrió. Me pareció gracioso , tanto no pesaba. Arrojé un tremendo puñetazo a la tapa de coraje, y una astilla saltó rozándome la cara. Maldita noche, debí haberme acostado.
Golpeé repetidamente y con furia aquella odiosa tapa, maldije y maldije, y todos mis esfuerzos fueron inútiles. Ahora estaba furioso, empecé a sentirme agobiado, me faltaba el aire y quería salir ahora mismo. Volví a golpear con mi puño la madera sin resultado, sólo el lógico dolor de nudillos que ellos supone. Clavé mis uñas en la tapa y empecé a arañarla como si de un gato se tratase. El serrín que provoqué entró en mi garganta, produciéndome un ataque de tos y un gran picor. Aquellas uñas llenas de astillas las puse en mi garganta y rasqué hasta sangrar. Era presa de la agonía y del terror.
Cuando mi tráquea quedó al aire libre, lancé un grito que hizo que vibrara igual que la cuerda de una guitarra, y seguí golpeando la tapa…
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A la mañana siguiente, Agatha acompañada de un hombre y dos más entraron en el salón. Ella hablaba con el alto enchaquetado y firmó unos papeles, mientras los otros dos a modo de porteadores cogían el ataúd y lo metían en una furgoneta. Todos se fueron menos Agatha, que llamó a cierto individuo que la esperaba en el coche. Cuando el hombre entró en casa, tras ellos la puerta quedó cerrada. Agatha entonces dijo:
- Al fin tú y yo solos cariño, mi marido nunca más nos molestará.
